lunes, 25 de diciembre de 2017

HISTORIAS SECRETAS DE GABRIEL Y MARIO

Por Eduardo García Aguilar

En el libro De Gabo a Mario. La estirpe del boom, de Ángel Esteban y Ana Gallego Cuiñas, ambos profesores destacados de la Universidad de Granada, en España, se pasa revista a los secretos de la amistad entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, por medio de una minuciosa investigación que incluye la revisión de la correspondencia de ambos localizada en universidades estadounidenses y testimonios, entrevistas y documentos diversos.
Aunque antes de conocerse personalmente se escribían como si fueran viejos amigos, el primer encuentro ocurrió en Caracas en 1967, cuando el joven peruano recibió el Premio Rómulo Gallegos por su segunda obra La Casa verde y acababa de aparecer Cien años de soledad en Buenos Aires, libro que obtendría el mismo premio cinco años más tarde, en 1972. El colombiano había quedado fascinado con la Ciudad y los perros, la novela que ganó el Premio Seix Barral, y seguía la carrera de quien era casi una década menor que él y todos consideraban al unísono ya como un precoz geniecillo de la narrativa latinoamericana.
Aunque pareciera injusto, muchos críticos del momento veían en la prosa realista de Vargas Llosa y en sus aceitadas técnicas novelísticas un nuevo aire para el género y miraban con cierto desdén a grandes novelistas anteriores como el cubano Alejo Carpentier, los venezolanos Rómulo Gallegos y Arturo Uslar Pietri o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, quien acababa de obtener el Premio Nobel y después sostendría una agria polémica con el colombiano.
Vargas Llosa había llegado a París con su esposa la tía Julia y mientras trabajaba en Radio France Internacional y la Agence France Presse tecleaba como loco hasta el amanecer en su primera novela y se aplicaba a sí mismo un estricto rigor en materia de trabajo literario, lejos de la bohemia de otros autores, tal y como lo relata en su correspondencia el ya fallecido autor peruano Julio Ramón Ribeyro, que fue uno de sus amigos más cercanos en aquellos años 60.
Varias coincidencias los acercaban. Con algunos años de diferencia, tanto García Márquez como Vargas Llosa vivieron momentos difíciles en París y fueron salvados por la misma Madame Lacroix, dueña de un hotel cerca de la Universidad de la Sorbona donde los dejó estar sin pagar hasta que vinieran tiempos mejores. A su vez, ambos fueron criados por sus abuelos maternos y tuvieron una relación tardía con sus respectivos progenitores, que conocieron de verdad cuando tenían unos diez años y con quienes el trato no fue fácil para ellos en la adolescencia y en la primera juventud.
También los dos estudiaron en lejanos internados, ejercieron muy temprano el periodismo y el destino los llevó a Europa por distintas vías. Al coincidir sus triunfos en la agitada década de los 60, los dos amigos supieron pronto que los reflectores se dirigían a ambos como las verdaderas estrellas máximas del famoso boom comercial creado por la agente literaria Carmen Balcells, una especie de reina Midas que todo lo convertía en oro.
A ambos se los trajo Balcells a Barcelona para que siguieran escribiendo su obra. El libro relata los preparativos de la llegada de Mario con su nueva esposa la prima Patricia y la vida mundana de los Gabos y los Vargas en medio de los fastos de la izquierda caviar de la ciudad condal, entonces uno de los centros más vigorosos del mundo editorial hispanoamericano que poco a poco crecía a medida que se daba el crepúsculo del dictador Francisco Franco.
García Márquez fue padrino del segundo hijo de Vargas Llosa, Gonzalo, quien lleva el mismo nombre que el segundo retoño del colombiano. Alguna vez, como lo muestra la entusiasta correspondencia comentada en el libro de Esteban y Gallegos, planearon escribir una novela a cuatro manos sobre la guerra de Colombia con el Perú, en la que cada uno abordaría las vicisitudes de la misma desde la perspectiva de sus países natales. Y la amistad llegó a tales niveles de entendimiento y admiración mutua, que el joven Vargas escribió como tesis doctoral un enorme volumen sobre la obra del nativo de Aracataca, que publicó en Seix Barral bajo el título de Historia de un deicidio, pero que desde los tiempos de su legendaria riña en México no volvió nunca a ser publicado por veto del peruano.
La amistad duró desde 1967 hasta 1976, cuando el excadete Vargas Llosa le dio de trompadas a García Márquez a la salida de un cine en la Ciudad de México por razones de celos, ya que según versiones de los diversos biógrafos, cronistas y articulistas hubo un malentendido del peruano sobre el comportamiento y las intenciones del creador de Macondo con su esposa Patricia en un episodio nocturno barcelonés del que se enteró después, a través de la versión de su dama.
Los dos amigos enemistados obtuvieron el consagratorio Premio Nobel, que solo fue un episodio más en el éxito mundial logrado por ambos en un contexto que nunca había ocurrido ni se repetirá, el de la guerra fría ideológica entre las dos potencias mundiales y el posterior fin de la Unión Soviética. García Márquez llegó muy rápido al Nobel a la edad de 54 años por el carácter de ícono de la izquierda latinoamericana y mundial en que se había convertido por su militancia y obra bíblica y Vargas Llosa lo obtuvo mucho más tarde por lo contrario, como ícono de la derecha liberal triunfante después de la caída del Muro de Berlín y el fin de los sueños socialistas y marxista-leninistas, que él tanto ha fustigado.
La ruptura de los amigos también se dio en ese contexto de la guerra fría entre las dos potencias mundiales del momento. Vargas Llosa, quien fue ferviente izquierdista y favorable a Cuba al principio de la Revolución, fue evolucionando poco a poco hasta renegar de esos idearios, mientras García Márquez, quien al principio fue escéptico tras su paso por la agencia Prensa Latina, terminó siendo amigo íntimo de Fidel Castro y militante fiel de la causa hasta el fin de sus días.
Todas estas historias y muchas más están contadas en este ameno libro de Ángel Esteban y Ana Gallego, publicado hace poco por la excelente editorial Verbum, de Madrid. Y al leerlo uno comprende que estos episodios ya hacen parte de la historia, aunque el único sobreviviente de aquel extraordinario fenómeno ya dinosáurico del boom es Vargas Llosa, octogenario feliz y triunfante que hoy vive una historia de amor crepuscular con la exesposa de Julio Iglesias, Isabel Preysler, cuya pasión carnal nos hace recordar la gran novela de García Márquez El amor en los tiempos del cólera, donde se nos cuenta que nunca es tarde para encontrar o reencontrar el amor de la vida.

sábado, 9 de diciembre de 2017

HOMENAJE NAPOLEÓNICO A JOHNNY HALLYDAY

 
Por Eduardo García Aguilar
 
Este sábado en la tarde casi toda Francia quedó paralizada durante los homenajes fúnebres a la estrella popular del rock francés Johnny Hallyday (1943-2017), quien durante medio siglo fue la figura más conocida de la farándula, un ídolo donde se concretaron las esencias de un país que vivió durante su reino tres décadas de esplendor y progreso económico y otras dos de crisis y desequilibrios políticos y sociales.
 
Como la otra gran estrella francesa anterior, Edith Piaf, cuyo sepelio también fue multitudinario, Hallyday fue abandonado por un padre alcohólico e ingresó desde niño al mundo precario del espectáculo, desde donde se izó desde los 14 años poco a poco a las más grandes alturas del éxito. Desde entonces cada uno de sus gestos, amores, bodas, enfermedades o problemas fueron seguidos milímetro a milímetro por varias generaciones de franceses, aunque en el mundo casi nadie lo conocía. Era menos famoso que Julio Iglesias o Shakira y su celebridad se reducía solo a Francia.  
 
Pagó servicio militar cuando el grave conflicto de la guerra en Argelia en 1962. Se casó en 1965 ante las multitudes con otra gran estrella popular de la canción, Sylvie Vartan, con quien tuvo a su primer hijo, David, también estrella de rock. Luego fue al altar en 1982 con la famosa actriz Nathalie Baye, madre de su hija Laura, joven actriz. Y sus otros matrimonios fueron seguidos por las revistas de corazón, hasta el último con Laetitia, a quien se unió cuando él tenía 51 años y ella 19, y con quien adoptó dos niñas vietnamitas.  
 
Hallyday fue siempre de derechas y apoyó con fidelidad a sus candidatos en las campañas presidenciales y durante mucho tiempo protestó por los altos impuestos que le cobraban en Francia. En un momento quiso adoptar la nacionalidad belga para escapar al fisco. Su música tenía poco de francesa y mucho más de estadounidense y sus verdaderos afectos fueron California y Beverly Hills, la isla caribeña de Saint Barthelemy, donde su cuerpo reposará al final, las motocicletas Harley Davidson, y las drogas y las fiestas en yates y en clubes privados con millonarios.  
 
Imitador de Elvis Presley y James Dean, Hallyday hizo parte de una generación de rockeros que cambiaron sus nombres franceses por seudónimos anglófonos, como fue el caso de sus grandes amigos Eddy Mitchel y Dick Rivers. En pleno auge económico de los años 60, estos jóvenes despertaron a la juventud proletaria que vivía bajo el yugo patriarcal y creció en la pobreza de la posguerra con la rebeldía del rock de Elvis Presley, chaquetas de cuero, botas vaqueras, gestos de James Dean y una actitud de riña de barriada similar a la que se cuenta en la película musical estadounidense West Side History.
 
Johnny era bello, alto, blanco, de ojos rasgados azules y movía el cuerpo como lo hacían los rockeros gringos que cantaban grandes éxitos como "Ahí viene la plaga" o "El rock de la cárcel". En cada país de Occidente surgieron imitadores de este movimiento que se adaptaban a las lenguas locales y recorrían pueblos y ciudades dando conciertos donde los obreros jóvenes enloquecían y las chicas de las barriadas perdían la razón y se desmayaban.
 
Millones de abuelas francesas de hoy lloraban al verlo y los abuelos lo imitaban y lo seguían de concierto en concierto. Todos coleccionaron discos, objetos, prendas, fotos, como ocurrió en Estados Unidos con el icónico Elvis Presley. Miles de ancianos, acompañados por sus hijos y nietos llegaron hoy a París por tren, auto o motocicleta para asistir a su sepelio. Tal fue el caso en América Latina de Sandro de América, el ídolo argentino que enloquecía desde los escenarios trajeado con camisas de flores y pantalones estrechos, el pecho al aire y la melena rebelde y audaz.
 
Los viejos no vieron venir entonces el movimiento ni en Estados Unidos ni en Europa y asistieron impotentes, pese a su autoritarismo y a la amargura de haber sufrido la guerra, a la rebelión de sus hijos, que ya no querían ser proletarios sumisos y por el contrario se escapaban a las fiestas y a los salones de baile, augurando ya la posterior revolución sexual de los años 60 y la explosión de otras músicas más modernas como el clásico In a Gadda da Vida de Iron Buterfly, al que siguieron Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Bob Marley, Joe Cocker y centenares de estrellas pop más, algunas más cultas o comprometidas como Bob Dylan y la agitadora de origen hispano Joan Baez, quienes aun recorren el planeta dando conciertos y hasta ganando el Nobel de literatura, como el autor de Míster Tambourin Man y Blowin in the wind.
 
El cuerpo de Halliday recorrió los Campos Elíseos en medio de la muchedumbre, llegó a la Plaza de la Concorde y después se dirigió a la muy tradicional y napoleónica iglesia de la Magdalena, donde se le rindieron honras fúnebres católicas en presencia del presidente Emmanuel Macron y los expresidentes Hollande y Sarkozy, así como las principales estrellas de la farándula, el cine y la música en pleno. Se inclinaron ante el féretro de Johnny el presidente, el primer ministro y el presidente del Senado. La ceremonia transmitida en directo parecía un acto del Antiguo Régimen, incluso parecido a la autocoronación del corso Napoleón Bonaparte. El féretro salió con lentitud de la iglesia acompañado por sacerdotes, monaguillos y alguaciles y fue despedido por centenares de miles de fanáticos agolpados en las avenidas. Ni siquiera el general Charles de Gaulle, liberador de la patria, mereció un homenaje parecido.     
 
Esto fue algo nunca visto en medio siglo de historia del país, lo que consagra ya para siempre el reino de del mundo del espectáculo, anunciado por el gran filósofo Guy Debord en su clásico libro La sociedad del espectáculo. 
 
La farándula, las estrellas de la revista del corazón y los futbolistas se han convertido en la nueva aristocracia hegemónica de la República. Políticos, intelectuales, escritores, clérigos, ministros, todos quieren ser estrellas y aparecer en el semanario Paris Match o la revista Closer. El poder se adapta a la narrativa veloz de los tiempos modernos y hoy, en esta ceremonia increíble, se ha consumado la boda final entre la televisión y la República monárquica francesa. El sepelio de Johnny es un hecho histórico en el país de Pascal y Descartes y su análisis apenas comienza.